flores_lowLo dicen todos: los detalles son importantes y tienen razón. Toda pareja se hace, o se deshace, a través de lo pequeño, de las cuestiones menores que llevan en si lo importante, lo intangible y lo profundo de todo vinculo que se precie.

Lo pequeño debe ser mirado con grandeza o , si se prefiere, con perspectiva. Cierta cortesía, por ejemplo, permite dar una base en lo cotidiano para que en el día a día circulen los afectos esenciales sin desmadrarse y deshilacharse en una dejadez que degrade las cosas. Por ejemplo, aquellas llamadas “ buenas costumbres”, tantas veces vistas como banalidades formales, sin embargo hacen posible que en la pareja se pueda madurar en el respeto mutuo, a partir de mantener ordenada la ropa, levantar la toalla del piso en vez de dejarla ahí tirada después de la ducha, o avisar que se llega más tarde a comer para que el otro se entere y no se quede esperando con las milanesas preparadas y enfriándose… Lo bueno es que, a partir de esa actitud que tiene en cuenta al otro, el espacio de la pareja es mayor para disfrutar y pasarla bien juntos al disminuir esos pequeños enojos que desgastan las cosas de a poquito, si no se los tiene en cuenta a tiempo.

Sí: en lo pequeño está lo grande: los grandes enunciados amorosos, sobre todo cuando apuntan al matrimonio y a compartir el día a día,  “ bajan a tierra” y logran encarnadura a través de los infinitos detalles que hacen a la vida cotidiana. A veces cuesta, sobre todo, cuando esos detalles, antes disimulados por el hecho de vivir amparados en la casa paterna o en el silencio de la casa propia y exclusiva, pasan a ser una parte del paisaje sorprendentemente importante a la hora del compartir día tras día con otro a quien se quiere mucho, pero que no por ello deja de ser un ser distinto, con todo lo que eso significa.

Cuando dos personas pasan a vivir juntas, no solo conocen al otro con quien ahora conviven, sino que empiezan a conocer de sí mismos cosas que antes no tenían presentes. No es solo conocer al otro: es conocerse uno mismo en cuestiones nuevas. El nuevo escenario permite descubrir lo mejor y lo peor de uno mismo. Por ejemplo, no se puede conocer la propia capacidad de ser generoso si no existe un lugar en el que sea imprescindible poner en juego dicha virtud.

Muestra de lo antedicho es lo que ocurre con la televisión. El fútbol y el canal Gourmet  a veces entran en colisión, cuando de pantalla chica hablamos. Las de guerra versus las de amor, o los documentales versus las series, son ejemplos de esta “incompatibilidad televisiva” que viven muchas parejas que,  sin embargo, se quieren mucho. Se dirá que con dos televisores se arregla la cosa.  Digamos que lo puede arreglar, pero también es posible decir que la escena de ambos integrantes de la pareja sentados en diferentes cuartos mirando sus respectivos programas puede ser una escena encubridora de una incapacidad de armonizar, ceder, donar y, sobre todo, de disfrutar con el disfrute del otro, con esa capacidad de renuncia imprescindible para lograr un buen vivir. En ese sentido, la capacidad económica muchas veces encubre circunstancias emocionales, mezquindades, inmadurez… no es el dinero el que permite mejorar en ese aspecto, en general tan solo dilata la eclosión de ese tipo de problemáticas.

“ Aquellas  llamadas “ buenas costumbres”, tantas veces vistas como banalidades formales, sin embargo hacen posible que en la pareja se pueda madurar en el respeto mutuo”

En Psicología se dice que uno de los elementos que hacen a la madurez es la capacidad de tolerar algún nivel de frustración.

Dicha capacidad es lo que diferencia a un niño de un adulto verdadero. No es cuestión de “frustrarse” mucho para ser “maduro” ( renunciar para siempre a ver Fútbol de Primera para dejar a la mujer ver Gourmet o viceversa, tampoco es la solución), sino saber que la renuncia es una posibilidad que en ocasiones se puede ejercer con la mayor sabiduría y generosidad posible.

En lo pequeño está lo grande. En la pareja muchas veces el bien del otro también es el bien propio. No siempre es competencia, si bien a veces lo parece.

Es bueno recordar que en nuestros tiempos modernos el fin de la infancia no está marcado automáticamente por una cuestión de edad, sino de actitud. La convivencia en pareja y la renuncia a dejarse llevar siempre por los propios impulsos al dejar que en el paisaje entre otro significativo, es una instancia que demuestra que se desea dejar atrás una etapa, para entrar a otra. Esta nueva etapa tiene renuncias, pero sin dudas abre puertas a todo un universo de situaciones intensas y potencialmente felices, propias de la adultez.

Las pequeñas cosas, vistas con grandeza de espíritu, van pavimentando el camino para que se abra paso la pareja hacia el mejor destino, ese en el que el amor declamado pasa a ser un hecho concreto y real, en el que lo mejor de cada uno puede desplegarse y encontrarse para felicidad de todos.