MARISA CAMPANELLA

ESCENCIA NEOCLÁSICA

Por Inés María Agosta


En su luminoso atelier de estilo antiguo, ubicado en la localidad de Palermo, nos recibe Marisa Campanella, quien además de ser Diseñadora es Psicóloga, y para romper aún más con los preconceptos, no disfruta de hablar en público. De hecho cuanto más indagamos sobre ella más nos habló de sus clientas. El resultado fue una “Historia de Tijeras” fuera de la común, ya que está basada en el presente más que en la historia. Pero ¿acaso no es el presente un collage de retazos del pasado?

Desde un primer momento la humildad de Marisa se hizo evidente. Ante la primera pregunta acerca del extraordinario hecho de que tuviera dos carreras en su haber, Marisa respondió que todos los diseñadores o modistas de alguna manera deben tener saber escuchar al otro para poder interpretar.
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¿Cuándo comenzó tu relación con el diseño?

Empecé a coser a los 5 años, la ayudaba a mi mamá y a mi abuela que eran modistas. Íbamos a dormir con alfileres en la cama, odiando y amando la costura al mismo tiempo. A la vez tengo papá y tío escultores y el “esculpir el cuerpo” es lo que más me interesa. A los 18 años trabajé en Christian Dior, una casa de alta costura que traían las cosas de París y a los 21 años, por iniciativa mía, pusimos un atelier. Hace ya 30 años que estoy en esto.


¿Cómo te decidiste por estudiar Psicología?

Cuando terminé el colegio empecé Arquitectura, pero con los números me llevo mal así que la dejé. Me casé, tuve familia y me fui vinculando con talleres literarios; cualquier historia me llevaba al vestuario. Empecé con el hecho creativo y después lo vinculé a la Psicología pero como una búsqueda personal; más adelante se convirtió en una profesión. Me dediqué a ella en el 2001 con la crisis pero después me di cuenta de que ni eso es tan profundo ni esto es frívolo. A lo que elijas podes darle el matiz que quieras. Cuando volví al diseño, renegocié cómo lo quería encarar.

¿Qué aspectos de la Psicología aplicás en tu rol como diseñadora?

Este no es un lugar de terapia pero sí de reflexión sobre el momento particular y sobre lo que vamos a hacer. Todo hace al vestido. En la idea de que todo se puede modificar empiezo a juntar ambas profesiones como un fenómeno de a dos: es un vals, no un maniquí. Como en Psicología, cada mundo es un universo; el diseño no está previsto de antemano. En el mostrarle qué le haría a la novia hablo de una Gestalt: la figura fondo que revele cuál es la mejor figura. Y, si le angustia el proceso, hay lugares seguros, que serían como un Fort-da: tirar el ovillo y volver. Me volqué al vestido de novia cuando pasé por la experiencia de armarme el mío. Siempre me gustó mucho la idea de contener a la novia. 

¿Cómo te definirías?

No me interesa ser la número uno ni tener un nombre especial. No me abruma la figura del diseñador y “modista” está bien pero tampoco lo soy. Coordino un grupo de artesanas, es el lugar en el que me siento más cómoda porque lo miras un poco desde afuera. Entrego personalmente los vestidos ya que el disfrute mío también es verlo puesto.

HHC_8946_low¿Cuál es tu estilo?

Trabajo material antiguo, no porque me guste el vintage, lo uso como tela y lo combino con otros materiales. En esta metier, el pasado fue mejor. No soy tendencia, soy neoclásica y coloco ciertos toques de actualidad siempre y cuando correspondan. La novia que acude a mí busca un ruido diferente en el vestido: ella es perenne en el tiempo, tiene que mirarse en retroactivo y le tiene que seguir gustando.


¿Quiénes trabajan con vos?

Somos un grupo de diez personas, dos de ellas me “soportan” desde hace 30 años. Este es un atelier empacado en ser siempre chico, para no caer en la repetición ni en lo seguro. Tengo 35 novias por año, no tomo más porque al particularizarlas puedo pensar detalles para ellas.

¿Qué te da más satisfacción?

Estamos en una moda descartable pero no me interesa el vestido descartable. Me encanta cuando me dicen “el vestido de novia quedó impecable toda la noche”. En este atelier queremos preservar el trabajo de calidad, hecho a mano. Eso es lo que más nos gusta hacer.

¿Cómo cambiaron las novias en estos 30 años?

Lo que cambió, más allá de la apariencia, es su cabeza: están más conectadas con lo que les pasa a ellas. Hoy casi todas pasan por la convivencia entonces se casan desde un lugar mucho más genuino. El vestido viene después pero por disfrutar y celebrar un rito de pasaje. Hoy en la celebración se dejan determinar por el otro y es en lo único que creen. De estas cosas vivenciales surge el vestido, de qué se quiere decir.

Por último, ¿hay algo que te gustaría alcanzar que todavía no lo hayas hecho?

Los lugares cómodos no me gustan. Pero sí estoy en un lugar de mucho disfrute personal, en un momento en que puedo hacer lo que me gusta. Más que Diseñadora busco el lugar de artista: ver el vestido como un hecho artístico; me encanta no que la novia esté linda, sino que ponga los pelos de punta, como una idea panóptica.