SEBASTIÁN GIRONA

Desconfío de las parejas que no se pelean nunca

Por Dolores Vidal

Entrevista al psicólogo Sebastián Girona, autor del libro “¡No te aguanto más!” (Urano), que va por su segunda edición. Este experto en vínculos opina que los desacuerdos son desafíos para enriquecer la mirada sobre la vida en común. Habla de la importancia de la amistad en la pareja. Y propone distintas estrategias para enfrentar los problemas y construir una historia feliz.

¿Qué cuestiones hay que hablar y consensuar antes de casarse?

Hay un tema muy importante que es la relación con la familia de origen. Es una cuestión compleja en casi todas las parejas. Cómo se manejan los límites; cuánto se meten en las decisiones; cuánto toleran los novios las críticas a las familias de origen… Es inevitable el conflicto y siempre es importante que el límite lo ponga el integrante de la familia.

¿Qué vínculo es el más conflictivo?

El de la suegra con la nuera. Se generan disputas de poder. Muchas veces de parte de la suegra, de manera inconsciente, porque plantea la cuestión de a quién quiere más su hijo. Hay que buscar el equilibrio en esa relación: ni íntimas amigas ni enemigas. En este conflicto es un riesgo que el hombre salga de mediador. Lo que aconseja la psicología es que se ubique a favor de su esposa, de la familia que está creando. Esa debe ser su prioridad por sobre cualquier otra cuestión en su vida.
No es fácil tener las cosas tan claras y actuar en consecuencia.
A los hombres nos cuesta más. Muchas veces somos acusados de pollerudos o de dominados. Somos “el macho al que le doblaron el brazo”. Esta es una creencia cultural que debemos desafiar. El varón que le da prioridad a la familia que está construyendo, es coherente consigo mismo y con sus metas. Está poniendo la energía en su propio proyecto, el que decidió crear junto a su esposa. Esto nos lleva a reflexionar también sobre la sensibilidad del hombre actual, venimos de siglos de hombres más primitivos, más limitados a la hora de crear un vínculo sentimental.
En tu experiencia como terapeuta de parejas, ¿cómo ves al varón argentino?
De diez parejas que llegan al consultorio, siete vienen porque la mujer arrastra al hombre a la terapia. El varón no sabe bien porqué se sienta acá, pero acepta venir para no tener “más lío en casa”. Algunos intentan ver qué está pasando en profundidad.

¿Hay mucha desconexión en las parejas?

Sí, hay mucho desencuentro. A veces están viendo películas diferentes: la mujer siente que están atravesando una crisis profunda y para el varón está todo bien. A los hombres, en general, las bombas les explotan en la cara.

¿Cuál es el mayor conflicto?

Una mujer que no se siente mirada ni cuidada. No estoy hablando de grandes cosas, sino de detalles cotidianos. De decir: “Qué linda estás hoy”; de estar atentos.

En tu libro decís que las parejas deben aprender a pelearse. ¿Cómo se aprende?

Yo desconfío de las parejas que no se pelean nunca. Me parece que hay muchas cosas que no se están diciendo. Las diferencias son inherentes a los vínculos. Una pareja que no discute, no parece muy real. Hay que aprender a pelearse, saber cómo le gusta a cada uno gestionar el conflicto. Tal vez a uno le gusta resolver el problema apenas ocurre y el otro prefiere dejarlo estar hasta el día siguiente. Aprender a pelearse es lograr que una discusión no termine en una escalada mayor de conflicto. Conseguir encauzarla de manera civilizada. Hay que entender que en cada desencuentro los dos integrantes de la pareja tienen algo de razón.

Tienen mala prensa las terapias de pareja: dicen que sirven más para separarse que para reencontrarse. ¿Qué opinás?

Si la pareja llega al consultorio con muchos años de conflicto, no hay mucho margen de maniobra. Es como un avión a punto de estrellarse. En este caso la terapia ayuda a separarse de forma civilizada. Pero, en otros casos, puede servir cuando se hace una consulta preventiva. Por ejemplo, cuando una pareja está por estrenar la convivencia, sirve para pasar mejor el período de adaptación. Cinco o diez sesiones pueden ayudar mucho a consensuar conflictos o cuestiones cotidianas que suelen surgir en los primeros tiempos.

Dicen que los opuestos se atraen. ¿Para qué sirven las diferencias en los vínculos de pareja?

Me gusta pensar a la pareja como dos piezas de un rompecabezas. Tienen algo en común que es el dibujo, pero deben tener diferencias para poder finalmente encastrar. Si no hay diferencias, no puede haber pareja. Las diferencias son más importantes aún que las coincidencias. El desafío es gestionar esas diferencias. Lo mejor que puede pasarnos es enriquecer nuestro mundo, gracias a los gustos y experiencias del otro.
También leí en tu libro que “los matrimonios no se separan por los momentos malos, sino por la ausencia de momentos positivos”. ¿Hay que equilibrar las diferencias?
Hay que generar momentos de encuentro de calidad durante el día. No hablo de una cena cara en un restaurant. Es un café después que los chicos se durmieron o compartir una serie juntos. Yo aconsejo buscar tiempos de encuentro. Hay muchas parejas que no los tienen y se instalan en la pelea crónica.

¿Cuesta pensar que el amor es un trabajo cotidiano?

Sí, nos cuesta mucho unir el amor a la idea de esfuerzo. Nos gusta más pensar en Cupido y en la magia del encuentro. La gente, cuando se separa, suele decir: “Se terminó el amor”. Como si el amor fuera nafta, combustible para dos o tres años. Y nada en la vida se sostiene sin esfuerzo ni trabajo. No me refiero a grandes sacrificios cotidianos, sino a mirar al otro, hablar, decirle una palabra linda, conectar.

¿Cuáles son las fortalezas de una relación?

No hay recetas para la felicidad. Pero hay pistas clásicas que ayudan: el respeto, la confianza, el otro tiene que gustarme, no sólo físicamente. Después están las pistas más sutiles: la amistad, por ejemplo. Una pareja debe tener un porcentaje importante de amistad, de complicidad, de compañerismo. La solidaridad es otra clave para una buena convivencia. “Te veo cansada, dejá que hoy hago todo yo”. También es importante la influencia: cuánto escuchamos al otro y cuánto nos dejamos aconsejar por el otro. La opinión de la pareja tiene que ser relevante para uno.

¿Es posible el amor para toda la vida?

Sí. Es muchísimo más difícil que antes. Pero se puede.